Nietzsche: textos PAU

CRITICA  A  LA CULTURA OCCIDENTAL.

125. El loco,‑ ¿No oísteis hablar de aquel loco que en pleno día corría con la plaza pública con una linterna encendida, gritando sin cesar: ¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!? Como estaban presentes muchos que no creían en Dios, sus gritos provocaron a risa, ¿Qué te ha extraviado? ‑decía uno. ¿Se ha perdido como un niño? ‑preguntaba otro‑. ¿Se ha escondido?, ¿tiene miedo de nosotros?, ¿se ha embarcado?, ¿ha emigrado? Y a estas preguntas acompañaban risas en el coro.  El loco se encaró con ellos, y clavándoles la mirada, exclamó: “¿Dónde está Dios? Os lo voy a decir. Le hemos matado;  vosotros y yo, todos nosotros somos sus asesinos. Pero ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo pudimos vaciar el mar? ¿Quien nos dio la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hemos hecho después de desprender a la Tierra de la cadena de su sol? ¿Dónde la conducen ahora sus movimientos? ¿A dónde la llevan los nuestros? ¿Es que caemos sin cesar? ¿Vamos hacia adelante, hacia atrás, hacia algún lado, erramos en todas direcciones? ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿Flotamos en una nada infinita? ¿Nos persigue el vacío con su aliento? ¿No sentimos frío? ¿No veis de continuo acercarse la noche, cada vez más cerrada? ¿Necesitamos encender las linternas antes del medio día? ¿No oís el rumor de los sepultureros que entierran a Dios? ¿No percibimos aún nada de la descomposición divina?… Los dioses también se descomponen. ¡Dios ha muerto!

 Federico Nietzsche, La Gaya ciencia. Traducción de Pedro González Blanco, Editorial Sarpe. Madrid, 1984.

CONOCIMIENTO Y LENGUAJE.

La omisión de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo modo que también nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni conceptos, así como tampoco ningún tipo de géneros, sino solamente una x que es para nosotros inaccesible e indefinible.  También la oposición que hacemos entre individuo y especie es antropomórfica y no procede de la esencia de las cosas, aun cuando tampoco nos aventuramos a decir que no le corresponde: en efecto, sería una afirmación dogmática y, en cuanto tal, tan indemostrable como su contraria.

¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.

 Federico Nietzsche, La verdad y mentira en sentido extramoral. Traducción de Luis M. Valdés y Teresa Orduña, Editorial Tecnos, Madrid, 1998.

 MORAL

  Lo que a mí me espanta en este espectáculo no es el error en cuanto error, ni la milenario ausencia de «buena voluntad», de disciplina, de decencia, de valentía en las cosas del espíritu, manifestada en la historia de aquél [cristianismo]: – ¡es la falta de naturaleza, es el hecho absolutamente horripilante de que la antinaturaleza misma, considerada como moral, haya recibido los máximos honores y haya estado suspendida sobre la humanidad como ley, como imperativo categórico! … ¡Equivocarse hasta ese punto, no como individuo, no como pueblo, sino como humanidad! … Que se aprendiese a despreciar los instintos primerísimos de la vida; que se fingiese mentirosamente un «alma», un «espíritu», para arruinar el cuerpo; que se aprendiese a ver una cosa impura en el presupuesto de la vida, en la sexualidad; que se buscase el principio del mal en la más honda necesidad de desarrollarse, en el egoísmo riguroso –( – ¡ya la palabra misma es una calumnia! -)– ; que, por el contrario, se viese el valor superior, ¡ qué digo! el valor en sí, en los signos típicos de la decadencia y de la contradicción a los instintos, en lo «desinteresado», en la pérdida del centro de gravedad, en la «despersonalización» y «amor al prójimo» (¡vicio del prójimo!)… ¡Cómo! ¿La humanidad misma estaría en décadence? ¿Lo ha estado siempre? – Lo que es cierto es que se le han enseñado como valores supremos únicamente valores de décadence.  La moral de la renuncia a sí mismo es la moral de decadencia par excellence, el hecho «yo perezco» traducido en el imperativo: «todos vosotros debéis perecer» – ¡y no sólo en el imperativo! … Esta única moral enseñada hasta ahora, la moral de la renuncia a sí mismo, delata una voluntad de final, niega en su último fundamento la vida.

 Federico Nietzsche, Ecce homo. Traducción de Andrés Sánchez Pascual, Alianza Editorial, Madrid, 1982.

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